Mi abuela Marina

En el 2010 escribí esto para mi abuela quien llevaba poco tiempo viviendo con nosotros después de que mi abuelo falleció. Marina Josefina Peñaloza de Lugo se fue el 24 de diciembre del 2016 y mi primer post es en homenaje a ella. Por todo lo que me enseñó sin ella saberlo. Por todo lo que la quise y me quiso sin que tuviéramos que decírnoslo. Porque ya nadie me pide que le pinte las uñas ni me echan sus cuentos de los pingüinitos que la vinieron a visitar a su cuarto. Porque te fuiste pero nunca te vas, porque siempre vas a estar aunque ya no estés. Gracias porque me enseñaste lo más duro de la vida, porque de ti aprendí que las cosas no son fáciles pero hay que darle siempre para adelante, nunca parar de luchar y nunca parar de vivir. Ese “espero que me recuerde” del final del texto ahora que ya te fuiste puedo decir con propiedad que sé nunca fue un “espero” yo sé que siempre me recordaste.


Mi abuela tiene principios de Alzheimer, pero la que llora soy yo. Ella siente el ayer como un hoy, el pasado es su presente.

Mi abuela me mira a la cara y no recuerda mi nombre, así me mire la cara desde la mañana hasta la noche. Es que ella no me conoce, pero me besa como si me conociera.

        Mi abuela grita mi nombre y me pide que vaya pero cuando llego me dice que “si no sé dónde estoy que me anda buscando y no me consigue”, y no sabe quién soy pero me abraza como si supiera. Paso horas hablando con ella, la mayoría de las veces solo la escucho y ella me cuenta sus cosas, cosas que no tienen sentido ni hacen ninguna lógica, pero yo se las creo. Y al día siguiente me sigue contando lo mismo y yo se lo sigo creyendo.

        Ella no sabe quién soy pero me hace cariños y me pide que le pinte las uñas. Es que yo así no tuviera manos se las pintaría. Es que ella no me conoce, y a mí me duele tanto que no me conozca pero cuando la veo a los ojos, veo inocencia y veo felicidad y lo que yo pueda sentir deja de importar.

        A veces me pregunto que va a pasar, dentro de unos meses, unos años… y me da como una impotencia de que no puedo hacer nada para curarla, para evitar que sufra, no quiero que sufra.

        Sí, mi abuela me ve la cara y no me conoce pero es que no importa si me conoce o no me conoce porque cuando se ríe el mundo se para y la escucha. Y le dan felicidad las cosas más simples de la vida los detalles más sencillos.

        Yo a veces solo la veo y no puedo no sonreír cuando lo hago porque es que es tan ingenua, tan inocente, no logro conseguir en ella ni una gota de maldad. Yo no digo que mi abuela sea una santa, ni que no se haya equivocado nunca, yo solo digo que si ahorita, en este instante me preguntaran que cómo sé que Dios existe les diría que la miren a los ojos. Yo no Lo culpo de la enfermedad de mi abuela porque es que en ella yo lo consigo a Él.

        Y cuando se vaya, su recuerdo se quedará conmigo siempre. Y cuando se vaya y llegue a donde llegue, espero que me recuerde.

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