Cuco & Luisa

La gente dice que Nueva York es la ciudad de los sueños en donde todo puede pasar. Es la ciudad que te come si te dejas y te eleva si tu vuelas. Nueva York es la ciudad prometida, el camino correcto, el lugar para amar. Si, así como dije, el lugar para amar. En la vida hay cosas que así quieras o no quieras son para ti y punto, y como sea y en donde estés te van a encontrar. Esto pasa con el amor, pero es mucho más difícil. La gente se pierde en el día a día, en la rutina, en el miedo a la soledad y encontrarnos a veces, es prácticamente imposible. Pero como en todo, hay algunos afortunados que sí cuentan con esa suerte, suerte de encontrarse como sea, sin saberlo y en cualquier lugar del mundo. Esta vez Nueva York fue ese lugar del mundo y los afortunados fueron Cuco y Luisa.

¡José!. ¿Para dónde te vas tú?. ¿Cómo es eso que te vas para Nueva York?

Así mismo fue, nadie sabe por qué, ni cómo pasó. Nadie entendía como alguien que lo tenía todo en la Habana – familia, amigos, mujeres, éxito, fama- decidió agarrar su maleta e irse a la gran manzana. Nadie sabe por qué, pero un día de esos calienticos con una pepa de sol cubano agarro su maleta y se fue.

Llegó saltando de trabajo en trabajo, haciendo cualquier cosa ¡menos ser lavaplatos!. José o mejor dicho Cuco, como lo conocía todo el mundo, no se estaba comiendo la gran manzana. Cuco agarró la gran manzana, la pico en pedacitos y le enseñó a bailar salsa. El cubano sabrosón había llegado para quedarse.

Consiguió un trabajo como conserje, o mejor dicho, el muchacho que apretaba los botones en el ascensor en un edificio en el Upper East Side, es decir, un edificio donde la propina era a veces hasta mejor que el sueldo. Después del trabajo se iba a su bar cubano favorito donde todas las gringas rebeldes se iban a meterle sazón a su vida. Cuco había encontrado la fórmula de la felicidad, vivir cada día bailando ya fuera en el ascensor o en el bar, pero bailando.

Can you press the 11th floor please?

Esas siete palabras lo paralizaron. Si, esa frasecita paralizó al imparable Cuco. Obviamente no por el mensaje sino por el emisor. De todas las veces que Cuco había marcado esos pisos o visto caras nuevas o coqueteado con alguna de las gringuitas boniticas que se montaban en el ascensor, nunca antes se había sentido paralizado. Es que esa gringuita no era bonitica, esa gringuita era hermosa.

Pero como ya todos sabemos es la clásica historia imposible. Luisa era de una familia con mucho dinero. Su padre era jefe del hospital Beth David. Toda su familia era judía practicante y todos sus hermanos eran “perfectos” en lo que hacían y por ende, ella también tenía que serlo. Cuco era un inmigrante cubano, católico, que tenía varios trabajos humildes y uno de ellos resultó ser conserje en el edificio donde Luisa y su familia vivían. ¿Imposible no? . ¿Cómo dos personas así terminan juntas si todo está en su contra?. Esas cosas no pasan a menos que cuentes con esa suerte, suerte de encontrarse como sea, sin saberlo y en cualquier lugar del mundo. A menos que seas uno de los afortunados.

Un viernes a las 8:00 de la noche Cuco ya estaba como de costumbre en su bar favorito. Las gringuitas boniticas, como de costumbre también, no estaban escasas esa noche. Luisa, la oveja negra de su familia decidió que estaba cansada de las noches de cocteles en los bares del Upper East y con un grupo de sus amigas rebeldes, deciden ir a un bar cubano que estaba de moda en Lower East Side. Y así como 1+1 son dos y 2+2 son cuatro Cuco y Luisa tardaron segundos en encontrar miradas y después no pudieron hacer más que dejarlas ahí clavadas el uno en el otro. Y ya, que más les puedo contar, cuando te toca, te toca. A veces toda tu vida se condensa en un momento y una mirada es suficiente para saber que es para ti. Para saber que llegó lo que estabas o no buscando, pero llegó. El cubano y la gringa se enamoraron.

Pero la historia no llega hasta aquí. No, no crean que hemos terminado. Como toda buena historia de amor hay un momento de crisis. Luisa y Cuco habían estado saliendo a escondidas. A escondidas se amaron, a escondidas bailaron, bebieron, vivieron y se comieron juntos, a besos, la gran manzana. Escondidos pero juntos en todo lo bueno y en todo lo malo. Ya Cuco no bailaba salsa ni coqueteaba con otras gringuitas en el ascensor. Ya Cuco era de Luisa y Luisa era de Cuco y el mundo de los dos. Pero un día la Habana llamó y Cuco, uno de esos días calienticos y debajo de una pepa de sol, pero esta vez neoyorquina, agarró sus maletas otra vez y se fue… sin Luisa.

El tiempo pasó, la vida pasó, pero el amor no pasaba. Luisa siguió su vida en Nueva York y Cuco la suya en la Habana. Cada uno intentó olvidar, dejarlo ir porque entendieron que no eran el uno para el otro.

Años después el padre de Luisa fallece y como lo es muchas veces en estos casos, fue un momento de revelación para ella. Luisa, la oveja negra de su familia, la luchadora, la invencible. Luisa la que se le paraba a la vida y la enrollaba en su dedo, no podía seguir permitiendo que la vida la enrollara a ella. Así que, uno de esos días calienticos y con una pepa de sol neoyorquina, esta vez fue Luisa la que agarró su maleta y se fue.

Louisa!, are you really going to go to Cuba?

La respuesta fue si, mil veces si. Nadie entendía como alguien que lo tenía todo en Nueva York, la ciudad de los sueños, podía hacer sus maletas y dejarlo todo por…¿Por qué?. Pues por amor. Luisa lo iba a dejar todo por amor. Porque ella nunca acepto que no eran el uno para el otro. Porque a pesar de que todo indicara eso había un indicativo mayor, y era simplemente el amor que le tenía a Cuco. El amor que a pesar de los años nunca se fue. El amor y la esperanza de un reencuentro.

Cuando Luisa llegó a la Habana ahí estaba Cuco esperándola. Como si fuera la primera vez. Como si se estuvieran encontrando en aquel bar cubano de moda en el Lower East Side o en el ascensor de aquel edificio de lujo. Como si el tiempo no hubiera pasado. Y como 1+1 son dos y 2+2 son cuatro y la vida a veces se condensa en un segundo y una mirada, después de que se volvieron a ver no pudieron hacer más nada que compartir el resto de sus vidas. Ya no se hizo mas nunca una sola maleta en los días calienticos debajo de una pepa de sol, ahora siempre se hacían dos.

Algunas personas se preguntarán de donde saqué esta historia, algunas personas deben estar dudando de la legitimidad de mi cuento. Pero es que nueve meses después, Luisa y Cuco tuvieron un hijo al que le pusieron José Miguel.  José Miguel y yo también somos parte de los afortunados, somos parte de esos que tienen la suerte de encontrarse como sea, sin saberlo y en cualquier lugar del mundo. José Miguel es y será por siempre uno de mis amores más puros. Gracias Cuco y Luisa porque por el amor de ustedes conseguí yo también el amor. Gracias por mi papá, José Miguel, o mejor dicho Michael como lo conocen todos.


Cuco – https://es.wikipedia.org/wiki/Cuculus_canorus

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